“LAS MANOS VACÍAS Y EL CORAZÓN LLENO DE ESPERANZA”

Eva Nebreda Rodríguez

“Las manos vacías y el corazón lleno de esperanza”

MARÍA LUZ RUANO GÓMEZ/ DOMINICA Y MISIONERA

“LAS MANOS VACÍAS Y EL CORAZÓN LLENO DE ESPERANZA”

Religiosa y misionera, pasó 10 años de su vida en Rwanda  hasta que la guerra obligó a abandonar la misión y ella tuvo que regresar a España por motivos familiares

Una noticia que le cambiaría la vida por completo le esperaba al otro lado del teléfono cuando Luz (La Alberca, Salamanca, 1944) se encontraba en París. Le destinaron a una misión en Rwanda, el país de las mil colinas, la mansión de los grandes lagos, el último paraíso en la tierra. Hoy, Luz, mujer, cristiana, religiosa, contenta, realizada y agradecida, recuerda con nostalgia, pero sobre todo con amor, los 10 años en los que entregó su cuerpo y alma a aquellos que más lo necesitaban.

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P. Al llegar a su destino, ¿le impactó algún caso en concreto?

R. Me impactó hondamente mi primera experiencia vivida: un niño con kwashiorkor (enfermedad de los niños debida a la falta de nutrientes) muerto entre mis brazos, sin palabras. Mi encuentro con dos señores, uno (Petero) que sufría lepra y otro elefanteasis[1], que nos esperaban siempre con una sonrisa, les curábamos y les llevábamos comida para toda la semana. Si existe soledad, ellos los eternos solos. Muy agradecidos, a nosotras nos bastaba, se nos llenaba el alma de gozo en medio del profundo dolor.

[1] Elefanteasis: Enfermedad crónica que se caracteriza por un engrosamiento extraordinario de las extremidades inferiores a causa de la acumulación de líquidos que un género de gusanos nematodos parásitos ocasiona al obstruir los vasos linfáticos de la piel.

P. ¿En algún momento sintió miedo?

R. Más de una vez, a no saber hacer, a no saber llegar, pero nunca miedo a la gente. Mucho, en algún caso por defender los derechos de una mujer, robada y violada y que el hombre comerciante rico, Safari, quisiera hacerme mal… Generalmente no tuve miedo, pues sé quién guía mis pasos y siempre he puesto en ÉL mi confianza.

 

P. En la guerra, ¿asesinaron a algún misionero cercano a  usted?

R. Sí. Rwanda sufría el genocidio, ellos siempre estuvieron al lado del pueblo rwandés. Quiero que conste que los religiosos/as misioneros/as siempre han sido un signo de vida y en las masacres sufridas, tres misioneros españoles fueron asesinados: J. Valmajo, Isidro Uzcurrun y J.R. Amunarriz.

 

P. ¿Cómo es la vida para la mujer rwandesa?

R. Formar una familia ha sido siempre el pilar fundamental de la sociedad rwandesa, por eso la mujer ha sido siempre valorada por su fecundidad, esto le concede un valor y un respeto, y no solo es engendrar, es ella quien debe proveer las necesidades del hogar. La única fuerza para el trabajo son los brazos de la mujer en un mundo patriarcal en el hombre es el jefe del hogar. Existe la poligamia incluso bajo el prisma de economía, la mujer debe permanecer callada cuando el marido está delante y sufre a medida malos tratos mediando el alcohol. Además, las violaciones se han usado en Rwanda como armas de guerra, no solo como botín.

 

P. ¿Qué ocurre cuando una mujer no es fértil y no puede procrear?

R. La sociedad la margina, no es capaz de cumplir su rol principal, así que es despreciada. Ella misma se siente desdichada, una mujer que yo conocí fingió estar embarazada metiendo telas bajo la ropa a modo de barriga y cuando llegó el día del parto dijo que su hijo había muerto cuando ésta dio a luz, envolviendo el cadáver de un conejo. Lo descubrieron al enterrarlo.

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P. ¿Ha avanzado algo la sociedad en concepto de igualdad hombre-mujer?

R. En los años 70/80 la mujer accede en buen número al estudio y formación, también universitaria, aunque siempre por debajo del hombre, se notaba cierto crecimiento. Después de la guerra se produjo en Kigali (capital) la primera manifestación femenina reclamando sus derechos. Y en las elecciones del 2004 el 48% de los escaños estaban ocupados por mujeres, intuyo que tutsis. De hoy no se mucho, pero imagino que seguirá parecido, quizá avanzando poco a poco.

 

P. ¿El dinero, la ropa y de más ayudas que se envían desde Occidente llegan verdaderamente a su destino?

R. No lo sé. Tan solo puedo decir que lo que nosotras llevamos desde España llegó, pues lo portábamos nosotras mismas. También una vez allí nos llegaba mucha ropa desde Bélgica. De otros casos no puedo hablar puesto que lo desconozco.

 

P. ¿Qué fue lo más duro para usted y para sus compañeras dentro de la misión?

R. Lo más duro para nosotras fue el vernos impotentes ante tanta necesidad, tanto dolor. Intentábamos ayudar como podíamos, entregando nuestra vida hecha servicio, hecha comprensión y cariño. Intentábamos buscar la justicia y el derecho, lo que alguna vez nos puso en grave peligro, pues se trata de un país en el que escasea la libertad de expresión. A menudo escuchábamos bellas palabras, bellas promesas de los “grandes”, pero la vida seguía igual: pobre necesitado, siempre pobre. No le importa a los ricos que alguien necesite,  lo único importante para ellos es tener más a costa de quién sea. Contra esto manifestamos más de una vez nuestra rebelión, pues nos hacía llorar el alma. Eso es lo que más nos hizo sufrir.

 

P. ¿Cuál era su principal labor allí?

Mi misión la tuve siempre clara: amar, servir. Mi trabajo: directora de L’ecole secondair, la escuela de secundaria. También era responsable de l’atelier, un taller abierto por nosotras, las misioneras. Las escuelas eran muy pobres, para llegar a ella  los alumnos debían recorrer kilómetros, allí estudian  Educación Primaria todos los niños de la zona, muy pocos siguen la Educación Secundaria.

La única Escuela Secundaria de la zona estaba en Burehe (allí estaba mi misión). Trabajaban tres Profesores rwandeses pagados por el Estado y yo era la directora. Al terminar los estudios recibían un Diploma. Algunas alumnas que terminaban encontraban trabajo y para las que no, abrimos un taller donde continuábamos su formación y allí trabajaban haciendo tarjetas navideñas que vendíamos en Kigali  y enviábamos a España y Belgica. Hacían también ropas para niños, así obtenían su pequeño sueldo que las libraba de ejercer otros trabajo no demasiado dignos.

P. ¿Cómo son allí las escuelas?

Las escuelas son muy sencillas: tres clases de cemento con mesas y banco, una pizarra para 30 alumnas en cada curso y sin libros. Al comienzo de curso se les entregaba un cuaderno y un bolígrafo y tela para el uniforme (todo venía de Bélgica). Una cocina, una conejera y una tierra cedida por el ayuntamiento donde cultivaban patatas, maíz y sorgo, que se aprovechaba para las comidas. Cada curso comía una vez por semana (en Rwanda se comía una vez al día). ¡Nunca una queja! Con ayuda de Manos Unidas construimos una sala como despacho de la dirección y otra para reuniones o eventos importantes. Todo sencillo como sencilla es la gente rwandesa.

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” ¡Cuántas cosas quedan por decir, pero por los años que entre los rwandeses viví como misionera receptora de sus valores silenciosos, si hoy me preguntaran: de aquel tiempo, ¿qué te queda?, yo respondería: las manos vacías y el corazón lleno de esperanza, porque en realidad, ¿quién evangelizó a quién? Por lo vivido con y entre ellos MURAZOKE CYANE (MUCHAS GRACIAS)”

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